15/9/2012

Gentes del Páramo

I

Hace un calor infernal.
Ni una sola nube ha aparecido en el cielo por dos semanas. Dos jodidas semanas.
Algunos dicen que, antes de la guerra, el mundo no era otra cosa que una enorme ciudad de costa a costa. Yo no se. Normalmente, en los bosques, junto a los ríos, incluso en algunas montañas, puedes encontrar ruinas y basura de todo tipo, pero aquí no hay sino tierra estéril, escorpiones y sol. El jodido sol, brillando con furia, quemándote los labios y los ojos, desgastándote, enloqueciéndote. El calor se sube a la cabeza, te lo digo yo, te vuelve imbécil y entonces, el día menos pensado ¡Saz! empiezas a creer cosas como que algún día hubo aquí una ciudad.
Al menos no hay ruinas. Las habrá quemado el sol, supongo, o se las tragó la tierra. Las bombas de seguro tuvieron algo que ver. O quizá antes las cosas eran distintas. Quizá la tierra que ahora cruje bajo mis pies estuvo en otros tiempos cubierta de una densa vegetación. Quizá los antiguos paseaban por aquí, entre campos fértiles y flores, y cosas bonitas. Todos bien alimentados, de la mano y cantando canciones.
No. De seguro no todo habrá sido comer y follar para los bastardos. Habría depredadores, o enfermedades, o qué se yo. Habría otras personas, por ejemplo ¿Ves? Nada es perfecto. Al menos aquí no hay nadie más que yo. Yo, algunas arañas ocultas aquí y allá, más alacranes de los que quisiera y una familia de lagartos de arena paseando en el horizonte, muy a lo lejos.
Tiene sus ventajas, el desierto. Entre las ruinas, por ejemplo, no habría visto a los lagartos. Nunca se los ve, gateando entre los escombros de las viejas ciudades, hasta que es demasiado tarde, y tienes las tripas regadas por el suelo. No es que aquí sean más amables, pero se les ve venir. Son demasiado grandes para esconderse entre las rocas, los miserables, y basta un disparo al aire para hacerlos correr. Hasta ahí les llega la mala leche. Han aprendido a temer a las armas, lo que es bueno para todos, y más de lo que puedo decir sobre la mayoría de nosotros.
Más lagartos, menos personas. Ése sería mi eslogan de campaña, si algún día hago carrera de alguacil. No estaría mal hacerla de alguacil, pensándolo bien. Un tipo como yo, cuidando de la ley y el orden en algún tranquilo poblado lejos de este desierto de mierda. Si yo botara, botaría por alguien como yo, y jamás he botado. Menos por alguaciles, maldita sea, que son puñado de guiñapos con placa.
Bueno, no todos serán guiñapos, pero por las dudas, mejor mantenerlos a todos a distancia. Claro, no es que la soledad sea tarea fácil. Desafortunadamente, un hombre siempre necesita de otros hombres. Yo mismo no podría estar aquí sin traer un bolso, mascara antigás, varias cantimploras, ropa, botas y demás. Alguien fabricó esas cosas, luego alguien lo mató, robó las cosas y las cambió por dinero, drogas o favores. Así funciona el mundo: Todo lo que se tiene, se consigue de alguien más.
Una nube de polvo se levanta a lo lejos, por mi derecha ¿Una tormenta? Qué va, si por aquí no corre ni una brisa. Podrí ser, sin embargo, pues este clima infernal parece empeñado en agriarme el ánimo. Ojalá y no sea una tormenta: Las provisiones no durarán para siempre, y no veo sitio que sirva de resguardo.
Espera, hay más. Una figura negra avanza, a la cabeza de la nube marrón. Un camión. Gente. Mierda, ojalá fuera una tormenta.

II

En cuanto empiezas a disfrutar la soledad, a alguien se le ocurre venir a saludar. El problema con las personas es que, a diferencia de las tormentas, nunca sabes qué esperar. Podrían ser bandidos, o mercaderes, traficantes de esclavos o fanáticos religiosos. No hay forma de saberlo, hasta que estás con la mierda hasta los codos.
Deben venir desde muy lejos ¿Me habrán visto? Los vehículos son escasos, y la gasolina para echarlos a andar lo es más aún ¿Quien podría permitirse semejante despilfarro? Vendrán a unos 80 kmh. ¿Debería buscar un agujero donde ocultarme?
Tal vez debería, pero no lo hago. Dejo que me vean, que vengan a mí. El camión no es demasiado grande. Cabina simple y sin carga. Habrá, como mucho, tres personas ahí, y no veo armas por ningún lado. Tal vez son mercaderes honrados... Tan honrados como los mercaderes pueden ser, sin perder su condición de mercaderes, quiero decir. Tal vez me dejen en paz.

—¡Oye! —Me grita un hombre delgado, cubierto de tatuajes y de avanzada edad, cuando se encuentran lo bastante cerca—. ¿A dónde vas?

Me giro de un movimiento exagerado, para dejarlos ver el revolver bajo mi abrigo. Me cuesta trabajo decidir si juego al tipo duro, o al viajero desinteresado.

—No estoy seguro —Será viajero desinteresado esta vez—. Solo estoy de paso. Junto al viejo va un muchacho de expresión pedante y una niña con el cabello rubio enmarañado.

—Ah, amigo, vendrás con nosotros entonces. ¡Te encantará! Hay comida, bebida y música. ¡Todo gratis!

El viejo parece simpático, y lo cierto es que me encantaría apurar el viaje y dejar atrás estas tierras muertas, pero la palabra “gratis” me da mala espina.

—Vamos —Continúa entonces, con una sonrisa—, no tienes de qué preocuparte. ¡Sube! Viene la noche, y no es seguro pasarla solo en la intemperie.
En eso tiene razón. No se ve un solo buen escondite en kilómetros a la redonda.

—Gracias —Digo al fin, y voy a la parte trasera del camión, donde debería ir enganchado el carro, o conteiner, o lo que sea que el cacharro este deba arrastrar.
Estoy a punto de resbalar en tres oportunidades, pero me mantengo en pie.
Pasamos varias colinas, llegamos a un camino de concreto medio cubierto de tierra y en él doblamos a la derecha. El viaje se hizo entonces más rápido. Al rato dejamos el camino para bordear un peligroso barranco, que nos llevó a un amplio valle circular, rodeado de montañas.
Lo de la música era cierto. Tambores, motores, risas y gritos, algunas guitarras, y un acordeón o dos. A medida que nos acercamos, puedo ver una docena de vehículos, entre motocicletas, tractores, camionetas y un hermoso deportivo de gran capó. Por la cantidad de armas, alcohol y vehículos, habría jurado estar en una reunión de esclavistas, pero no se ven jaulas por ningún lado ¿Entonces qué? Un grupo de ladrones jamás lograría hacerse tan adinerado. Algo no anda bien.

—Hoy estamos de fiesta, muchacho —Dice el viejo, Intentando convencerme de que no tengo la mierda hasta en cuello— No tienes nada que temer.

III

El viejo insiste en presentarme a la pandilla, y no tengo más remedio que seguirlo. Se acercan, uno a uno, extendiendo la mano o acercando la mejilla. Bill, Steve, Mike, Pancho, Pom, Matilde, Murcia, y Raquel. Son bastante jóvenes, y parecen estar en buen estado. Sería difícil darlos de baja si la cosa se pone fea. Menos a Pom. Pom está gordo y se cansa de solo decir su propio nombre. Pom ¿Que nombre es ese? ¿Que madre le pone Pom a su hijo? Es de esperar que el miserable acabe paseando entre las montañas, con forajidos y ladrones. Nunca será presidente, ese Pom. Raquel es un buen nombre. Matilde, por otro lado, no es buen nombre, pero sí mejores caderas. Vaya, mira esas caderas sobresaliendo como rocas afiladas bajo el sol moribundo de la tarde. Tal vez no fue mala idea venir, después de todo.
Camino junto al viejo. Me dijo su nombre en dos oportunidades, pero siempre acabo olvidando esas cosas. Me cuenta que celebran el cumpleaños de un tal Brian, que es el tipazo que dio forma a todo esto. Algo así como el patrono de los ladrones. Brian encontró no sé qué tesoros subterráneos y lo compartió con los iniciadores. Hoy en día, me cuenta el viejo, viven de aquel tesoro, y el pillaje es solo por diversión.

—¡Brian! Oye, Brian —«Ah, mierda»— ¡Ven, hombre! Quiero presentarte a alguien —Grita el viejo.

—Feliz cumpleaños Brian —Le digo, cuando lo tengo al frente.

Un tipo alto, Brian. Tiene un aire de inteligencia es los ojos, aunque queda bastante disimulado por decenas y decenas de cicatrices que no se hizo jugando cartas.

—Gracias...

—Pum —Le digo, por decir algo.

—Gracias Pum ¿Eso es un regalo?

El tal Brian apunta a mi bolso. He tenido mi mano en él desde que llegué al valle. La pregunta llama la atención de tres mirones, que ahora esperan sonrientes a que saque del bolso algún regalo.

—Lo siento Biam…

—Brian —Me corrige. Esto se pone feo.

—...Brian, pero no sabía que era tu cumpleaños. Lo olvidé completamente ¿Sabes? El calor a veces hace esas cosas.

—Lo encontré en el desierto —El viejo entrando a calmar los ánimos—, caminando solo. ¿Quien camina solo por el desierto? Hace falta cojones para eso ¿O no? ¡Claro que si!

—Vaya, estoy impresionado —Dice Brian, sin parecer realmente impresionado—.Dime entonces, Pum, ¿Como es que un hombre encuentra su camino en el desierto? Imagino que traes una buena brújula contigo.

El mal nacido lo sabe. Lo supo enseguida. Aquel desierto, tal vez por las bombas, o la radiación, o qué se yo, deja inservibles las brújulas. Las hace girar todo el tiempo, como hélices. Me está poniendo una trampa, y estoy solo, frente a cinco de ellos y tal vez otros cuantos a mi espalda.

—Tenía una, pero no sirvió de mucho —Ocho tiros, ocho muertes si todo sale bien ¿Entonces qué? Estoy muy lejos de los vehículos…

—¿Como lo hiciste, entonces?

Tal vez pueda inventar algo. Podría decir que me orienté siguiendo las estrellas, aunque no tengo idea de como hacer semejante cosa. Para mí las estrellas son todas iguales. Podría seguir la luna, que destacan bien, pero la muy cabrona jamás se queda quieta.
Estoy muy cansado para inventar algo. A la mierda con ellos. Intenta algo, Brian, y te llevaré conmigo al infierno.

—SGL.

Aquello les ha caído como un quilo de azúcar. SGL es la sigla para «Sistema de geolocalización». En una pantalla vieja y quebrada, se ve una representación del terreno y la ubicación del dispositivo. Así he podido encontrar ruinas o alejarme de ellas, según apure la necesidad, o encontrar pozos, ciudades, barrancos y demás.

—Vaya —Dice Brian, que ahora sí luce sorprendido—. Eso sí sería un buen regalo.

—Lo fue para mí.

—Lo entiendo —Parece estar pensando algo. Odio a los que piensan. A los estúpidos, al menos, se los ve venir desde lejos—. Pero ¿Donde están mis modales? Siéntete como en tu casa, Pum, y disculpa que me marche, pero tengo asuntos que atender ¡Denle algo de beber a nuestro invitado!

De pronto todos me quieren. Escojo un lugar cómodo junto al alcohol y el viejo me deja solo. Varios muchachos y un par chicas viene a saludar. Me agradan. No me piden que responda muchas preguntas y se ríen cada vez que pueden. Si fuera idiota, diría que el asunto del SGL quedó olvidado.
Pronto cae la noche. Estoy sentado en el suelo, la espalda contra un conteiner y el bolso bajo el brazo. Mi otra mano sostiene una botella de algún aguado licor hecho de cactus, probablemente.
Una de las chicas se acerca tambaleándose. Me la presentó el viejo, pero no recuerdo su nombre. A su espalda, el grupo en el que viene le hace señas y grita entre risas. Ella ríe, ocultando el rostro entre la melena blancuzca y cubriéndose la boca con el dorso de la mano. Tras unos cuantos pasos torpes, contoneando esas caderas que sobresalen como mangos de machete, se deja caer junto a mí.

—Hola —Dice sonriendo. Tiene el aliento agrio, y ojos demandantes. Además, se balancea adelante y atrás mientras habla, como una cobra con cara de idiota, y eso me encanta. Ojalá todas las cobras fueran así de idiotas— Hmmm... ¡Dame la botella!

Se la entrego, esperando que no caiga desmallada demasiado pronto. Bebe sin quitarme los ojos de encima, como si hubiese algo agradable en ver su garganta subir y bajar, mientras traga. Ríe un poco con la botella aún en la boca, luego toce, escupe, deja caer la botella y se aparta, gateando un poco, para vomitar.

—¿Estas bien? —Le pregunto, levantando la botella que aún conservaba algo de licor. No recuerdo su nombre… la llamaré Caderas.

Caderas escupe, se limpia con la manga y me mira con ojos encendidos.

—¿Sabes? Tengo una carpa, por ahí…

Es toda la invitación que necesito.

IV

Me pongo de pie y descubro que las dos jarras y media de no-se-que-licor, que he estado bebiendo no han pasado en vano. Ayudo a Caderas a levantarse, entre risas e insinuaciones a las que no tengo idea de como responder. Vaya, ha pasado un tiempo desde la ultima vez que estuve con una mujer. Ha pasado un tiempo desde la última vez que estuve borracho también, pero eso es otro tema. Solo estando acompañado, protegido, alguien puede darse semejantes lujos.
Los tipos que encuentro en el camino entienden enseguida de qué se trata esto, y me dan varias indicaciones para llegar a la carpa sin problemas. Una vez ahí, me doy cuenta de que es bastante más grande de lo que habría imaginado. Ella se agacha para entrar.
Moverse, incluso para soltar los botones y despejar la entrada, le cuesta gran trabajo. A mi no me cuesta tanto. Debería costarme un poco más. ¡El Bolso!

—No te duermas, Caderas, vengo enseguida.

¿Como pude ser tan idiota? Prácticamente regalé el jodido bolso, y todo lo que hay en él. Mierda. Voy a follar gratis una vez, y me cuesta, no solo el puto SGL, sino que toda mi munición, la carne seca, las cantimploras, los hongos, tabaco, petaca... ¡Todo! Veo una mancha gris, donde estaba sentado. ¡Ahí esta! Me dejo caer al suelo. La tierra dura y áspera me golpea más fuerte de lo que había imaginado, pero está bien. Abro el bolso de inmediato y meto la mano para revisar su contenido: Munición, la jodida carne seca... ¡Ahí está! Uff. Que suerte. Apoyo la espalda contra la roca, como hiciera antes, y respiro un par de veces para calmarme.
Ya no se fabrican SGLs. Son tecnología de la preguerra. Hay varios dando vuelta en el mundo, aunque en el sur son más comunes. Ahí encuentras incluso mecánicos que te pueden ayudar a darles más potencia, o arreglarlos si dejan de funcionar. He llegado a depender del mío. Es fácil ser un vagabundo si sabes siempre a donde vas. No me permite ver las caravanas, pero si un campamento se queda demasiado tiempo en un solo ligar, puedo verlo sin problemas. Y pensar que casi lo pierdo todo por una mujer. Bueno, recuperé el bolso, y ahora a por la mujer.
Voy a pasos pesados, dando tumbos, pero deteniéndome solo a vomitar. Llego a la carpa donde dejé a Caderas, feliz, porque ahora tengo el bolso, la tengo a ella, y todo está bien. Podría ser una gran noche. Mierda, podría vivir entre estas personas, ser algo así como un «Asesor Externo». De seguro encontrarán muy valiosa la información que yo y mi SGL podremos aportarles.
Abro la carpa, y veo a un tipo flaco, cabeza afeitada y el rostro lleno de aretes mordisqueando el pequeño pecho de una muchacha semidesnuda.

—Lo siento, amigo —El muchacho me mira, y dejo que vea como llevo mi mano al revolver—, ese asiento está ocupado.

Me mira con ojos incrédulos, empieza a decir algo que no logro entender, se sube los pantalones y sale de ahí molesto. Entro entonces a la carpa, abotono la entrada para evitar las interrupciones y comienzo por quitarme las botas.

—Heeey —Dice Caderas, despertando—, ¿Donde diablos te habías metido?

—Aquí y allá. Nada importante… Te ves cansada.

No me importa que se duerma, pues creo poder encontrar el camino por mi mismo. Le quito primero el cinturón, con cuidado de no cortarme con aquellas caderas, que esperaban como un oasis de agua envenenada. Se ve, despojada ya de la ropa, vulnerable y dulce. Enternecedora, incluso. Le recorro el cuerpo con la punta de los dedos, pasando sobre varias cicatrices grandes y pequeñas. Tiene muchas. Heridas de bala, también. Pocos sobreviven a heridas así. Te joden por dentro, las balas, y se infectan con facilidad.
Me desnudo junto a ella, y saco una cigarrera de aluminio. Fumo en silencio, despacio. Tengo todo el tiempo del mundo. No son amables, estos tiempos, aunque en momentos lo parecen ¿Acaso pienso pasarme la vida yendo de aquí para allá? Más temprano que tarde me faltarán las fuerzas, y entonces los lagartos de arena acabarán conmigo. Ni siquiera te matan antes de comerte, los lagartos. Les gustará la carne fresca, y en eso los entiendo bien ¿A quien no? La carne seca, que se ha convertido en mi principal sustento, es terrible. Seca el cuerpo, y uno necesita siempre más agua de la que tiene. Otra cosa sería vivir en un rancho apartado. Podría criar corderos, o terneras, tener carne fresca y leche. No estaría mal. No estaría nada mal.
Apago el cigarrillo en un rincón. Es tiempo de poner manos a la obra. De pronto el sexo me parece una tarea monótona y aburrida, pero la hago de todos modos. Acabo casi en seguida.

V

Por la mañana, recibo la brisa con agrado, hasta que el sudor se evapora del todo, y tengo tiene la sensación de estar siendo asado a fuego alto: Un amargo recordatorio de la transitoriedad del placer, y la perseverancia de la crueldad que el mundo desencadena hacia nosotros. Las bestias tienen sus pieles, sus garras, y no se si experimenten estas inclemencias como lo hacemos nosotros… No me interesa, tampoco. Lo que sé es que tengo los labios partidos, la boca seca y las tripas arremolinadas, por el alcohol consumido la noche anterior.
Me incorporo con dificultad y busco una cantimplora. Encuentro que mi bolso está abierto, las cosas regadas por el suelo y la entrada a la carpa desabotonada, bailando con la escasa brisa matinal. Ni rastro del SGL. Es lo único que ha desaparecido, según parece, y la cólera me invade.
Puta. La muy puta me engañó para que bajara la guardia y sus amigos pudieran robarme. Mierda. Pudieron cortarme el cuello, pero no lo hicieron. Así de insignificante soy para ellos. Robarme, creen, es un crimen sin consecuencias ¡Miserables!
Caderas pudo haberse marchado, pero se quedó. Duerme como si nada hubiese ocurrido, haciendo alarde, aún en su inconciencia, de esa cadera perfecta que tiene, como si fuese un seguro de vida. Debería meterle una bala en la cabeza, o molerla a golpes y salir de aquí a lo bruto, disparando a lo que se mueva. Creen que soy un imbécil, un cobarde, y usaré eso a mi favor. Iré directo al responsable de este sucio ardid y le volaré los sesos.
Reviso que el revolver esté cardado, me meto un puñado de balas al bolsillo, me ajusto las botas y salgo a buscar a Brian.
Afuera hay borrachos durmiendo en cualquier lugar, incluso entre la basura y el vómito con que ellos mismos, u otros, decoraron el lugar la noche anterior. Algunos, los menos, están despiertos y juegan cartas, beben o mastican tiras de carne aquí y allá. Me repugnan. Me recuerdan porqué preferí la vida del vagabundo, y anhelo nuevamente la soledad, más dura, es cierto, pero también más honesta. Los hombres convierten todo en traición. Esa es la enfermedad de los hombres, y es una enfermedad contagiosa. Entre hombres, un joven es capaz, incluso, de traicionarse a si mismo, cosa difícil de ver entre vagabundos solitarios.
Encuentro, al fin, a Brian. Comparte una mesa con otros cinco secuaces. No me impresiona su superioridad numérica: Tengo suficientes balas para despacharlos a todos en un abrir y cerrar de ojos.
Me aproximo a ellos con paso decidido, dejando que la tierra cruja endemoniadamente bajo mis pies. Estoy destrozando el mundo con cada paso. Dejo que Brian, quien me da la espalda, sepa que me aproximo. De seguro los demás, que me miran con ojos temerosos, lo alertaron ya de mi presencia. Esperan en silencio. Solo uno de ellos tiene sus manos bajo la mesa. Me temen, todos menos Brian. Da igual. Sea por falta de temor, o exceso de confianza: Aquí se acaba. El muy imbécil debe creer, a fuerza aduladores, que es una especie de eminencia, alguien demasiado importante para ser degollado por la espalda. Pues se llevará una sorpresa, el muy bastardo. No pienso darle una sola advertencia, ni una sola explicación. Puedo entenderme igual de bien, o mal, con los idiotas que queden en la mesa, y despacharlos uno a uno, si no me dicen lo que quiero saber.
Estoy a cinco pasos de Brian, listo y dispuesto. En la mesa, los comensales me observan, me temen, saben que se han equivocado conmigo. Brian empieza a girarse. Él también lo sabe. No resistió la tensión y ahora el miedo lo obliga a mirarme, a negociar una salida. Lo dejaré escuchar el martillador antes de volarle los sesos.
Ha llegado el momento. Llevo la mano al mango aguileño del revolver, pero esta pasa de largo y el movimiento se pierde en el aire, al tiempo que un terrible dolor me comienza en la nuca, se extiende rápidamente a mi mandíbula y de ahí a todo el cuerpo. El mundo se sacude frente a mis ojos, por un segundo. Nada más que un segundo, aunque parece durar una eternidad, mientras una masa borrosa y marrón, que imagino es el suelo, se precipita contra mí.
Lo arruiné.

VI

Despierto con tres ratas mordiéndome los pies. Me levanto para alejarlas y un terrible dolor de cabeza casi me hace desmayar nuevamente. Las ratas huyen, mientras yo vomito y lucho por mantenerme despierto. Una costra de sangre seca me pesa en la nuca y la espalda, y creo que tengo la nariz rota.
No me sorprende que se llevaran el bolso y el revolver, incluso entiendo que hayan robado el abrigo y la máscara, pero quitarme las botas fue una jugada sucia. Miserables. El suelo del desierto me cocería los pies en media hora.
Se hace de noche rápidamente, y un silencio extraño me hace estremecer. La sed que tengo me hace pensar que estuve inconsciente un par de días. Me vendría bien algo de agua, de fuego y, ya que estamos en eso, un revolver y unas botas.
La cueva, como la mayoría de las cuevas de por aquí, está en la ladera de una colina pedregosa. Aprovechando la última luz del día, me encamino muy despacio cuesta arriba. Si doy con el valle de los bandidos, tal vez pueda encontrar algo útil en la basura que dejan atrás. Encontrar un pueblo sería aún mejor, pero claro, si la suerte no me ha sonreído hasta ahora…
Cuando llego a la cima, me doy cuenta de que el valle en cuestión está a tiro de piedra, de que debo haber estado inconsciente más tiempo del que imaginaba, y de que alguien o algo atacó a los bandidos, destrozó la mayoría de los vehículos, se llevó otros, prendió fuego a las carpas y se largó, dejando varias decenas de cadáveres tras de sí. Los lagartos de arena no tardarán en llegar.
Camino tan rápido como puedo y, de entre los cadáveres, me hago con un par de botas simples, una chaqueta, un casco que no funciona tan bien como mi antiguo sombrero —El que no logro encontrar por ningún lado—, pero impedirá que mañana el sol me de directo en la cabeza, una pistola semiautomática, abundante carne seca, agua y municiones.
Camino hacia los vehículos, intentando no pensar demasiado en todo esto. Las heridas suturadas en los cuerpos inertes, los miembros amputados casi sin derramamiento de sangre, las huellas de oruga que vienen del oeste… Todo eso me dice demasiado. Debo salir de aquí pronto, escapar. Al diablo el SGL.

2 comentarios:

  1. Oye, que buen relato. Partí leyéndolo sin mucha convicción, pero a medida que avanzaba me fue enganchando. Debo decir que me recordó bastante a cintas post apocalípticas como Mad Max, o WaterWorld, pero tiene un toque personal que me gustó harto. También me dio la impresión de que es solo la introducción a una historia más larga, aunque eso suele pasar.
    Lo que si noté fueron unos cuantos errores ortográficos, como decir votar (de sufragar), con B en vez de V.
    En todo caso, disfruté harto con el personaje y el mundo, así que podrías publicar la continuación de este relato ;)

    Saludos.

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  2. Buena Historia!
    espero dejes la continuacion

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