20/2/2013

Una noche más.


Hoy será difícil.

Las veo ordenarse a mí alrededor, reunir sus ejércitos, ponerse en forma,  mientras me termino este café y miro el reloj.

—Quince minutos.

2.480 hijas de puta me miran confiadas, mientras  20 apuestan por mí. Están ahí, preparándose, ocultas en la oscuridad, esperando algún descuido. Miro por la ventana y cantan victoria. Enciendo un cigarrillo y creen que han ganado.

—Tranquilas, tranquilas señoritas. Esto aún no empieza —Les digo, mientras prendo el hervidor.

—¿Quién te crees que eres? —Gritan ellas— ¡No tienes nada!

—Bien, bien —Intento calmarlas—. No tengo nada, no soy nadie. Como quieran.

—Ni siquiera tienes un plan, no sabes lo que haces.

—No tengo un plan ni sé lo que hago, está bien.

Me siento entre ellas, y dejo correr los dedos sobre el teclado.  Sólo un momento, solo para practicar un poco, pero recuerdo que no necesito hacerlo, y me pongo a trabajar.

Unas horas después, están acabadas. A favor y en contra, 2.500 cadáveres sobre un Word, y algunas más por si quedara alguna duda.

Es mi turno de cantar victoria, y creer que ya he ganado.

15/9/2012

Gentes del Páramo

I

Hace un calor infernal.
Ni una sola nube ha aparecido en el cielo por dos semanas. Dos jodidas semanas.
Algunos dicen que, antes de la guerra, el mundo no era otra cosa que una enorme ciudad de costa a costa. Yo no se. Normalmente, en los bosques, junto a los ríos, incluso en algunas montañas, puedes encontrar ruinas y basura de todo tipo, pero aquí no hay sino tierra estéril, escorpiones y sol. El jodido sol, brillando con furia, quemándote los labios y los ojos, desgastándote, enloqueciéndote. El calor se sube a la cabeza, te lo digo yo, te vuelve imbécil y entonces, el día menos pensado ¡Saz! empiezas a creer cosas como que algún día hubo aquí una ciudad.
Al menos no hay ruinas. Las habrá quemado el sol, supongo, o se las tragó la tierra. Las bombas de seguro tuvieron algo que ver. O quizá antes las cosas eran distintas. Quizá la tierra que ahora cruje bajo mis pies estuvo en otros tiempos cubierta de una densa vegetación. Quizá los antiguos paseaban por aquí, entre campos fértiles y flores, y cosas bonitas. Todos bien alimentados, de la mano y cantando canciones.

21/8/2012

Un Lunes de Octubre.


Desperté. La luz ya se colaba entre las cortinas. Pensando, sin mucho apuro, alguna excusa para dar en la oficina, me estiré a coger el teléfono, que me sirve —más que como teléfono—, como despertador y reproductor de mp3. 7:30, decía. No pude haber sido más feliz: Podía segur durmiendo al menos media hora más. Abracé a mi novia, que dormía desnuda en un extremo de la cama, y, acomodando mi mano en su pecho, volví a dormir.

Cuando sonó el despertador, me destape francamente desagradado por los menesteres de la vida cotidiana, y fui a meterme bajo el agua caliente. Una vez aseado y espabilado, efecto que solo tiene en mí el agua por las mañanas, me envolví en una camisa mal planchada de la noche anterior, pantalón —por supuesto—, zapatos y chaqueta. Un beso a la muchacha que aún dormía y salí a buscarme la vida.

Una vez en la calle encendí un cigarrillo, el primero del día, y a caminar rumbo al subterráneo. Harta gente en las calles, algunos ciclistas aquí y allá, chicas guapas, mujeres feas y hombres de toda calaña. El frío me hizo temblar en cada paso, en cada calada, hasta llegar al andén. Empecé a sudar, a fuerza de calefacción y del calor de los cien —o más— tipos que esperábamos el vagón que nos llevara a nuestras oficinas, tiendas, o donde diablos fuera que necesitásemos ir para ganarnos un sueldo, o aparentar que nos lo habíamos ganado, pues normalmente basta solo con convencer al que firma los cheques, para recibir uno y, en ocasiones, incluso menos que eso.